Lecciones para sanar: el camino a través del duelo y la aceptación

Recientemente estuve leyendo sobre algo que seguramente has escuchado: el duelo. Este proceso emocional tiene cinco etapas: negación, ira, negociación, profunda tristeza (que se llama en realidad depresión) y aceptación. Por motivos personales, prefiero renombrar la cuarta etapa como “profunda tristeza”. Esto no busca minimizar la depresión clínica; al contrario, entiendo que es un tema muy profundo y complejo. Cambiarle el nombre refleja mi convicción de que no todos los procesos de duelo incluyen algo tan serio como la depresión. Si quieres entender más sobre esta condición, te recomiendo escuchar a Jordan Peterson, un orador y psicólogo clínico con valiosas perspectivas sobre el tema.

Estudiando este tema, descubrí que las etapas del duelo no son lineales. No se atraviesan en un orden estricto, sino que se pueden experimentar de maneras distintas y únicas para cada persona. Cada proceso de duelo es diferente, y todos lo vivimos a nuestra manera.

¿Quién atraviesa un duelo? Cualquiera que haya perdido algo: una relación, un sueño, una oportunidad, o incluso una rutina. Cualquier sentimiento de pérdida es válido, y también lo es no pasar por todas las etapas. Hoy quiero centrarme en la quinta etapa: la aceptación.

La aceptación y su verdadero significado

La aceptación está considerada como la parte de “superación” dentro de las cinco fases del duelo. Pero permíteme hablarte de mi experiencia como “el eterno acepto”. Mi primera reacción ante casi todo es la aceptación: “Bueno, debía pasar así; por algo se dan las cosas; es una oportunidad de aprender y crecer”. Esa es mi actitud constante. Parece ideal, ¿verdad? Durante mucho tiempo, yo también pensaba que podía llegar a la etapa final en línea recta, sin pasar por las demás. ¡Qué iluso!

Aprendí que el duelo no se vive de manera lineal. Haber “saltado” a la etapa cinco no significa que las otras etapas no aparecerán más adelante. Ignorar lo que ocurre dentro de ti solo implica posponer lo inevitable. El dolor es parte del crecimiento, como cuando de niño te dolían las piernas porque estabas creciendo. En la vida personal ocurre lo mismo: el dolor puede hacernos más fuertes y maduros, pero solo si sanamos de la manera correcta.

El costo de evitar el dolor

Si no tomamos tiempo para sanar, el costo puede ser alto. Al igual que un hueso mal soldado, un dolor emocional mal procesado puede generar “dolor crónico”: desconfianza hacia los demás, hacia nosotros mismos, y limitaciones emocionales que cargamos sin darnos cuenta. La superación y la aceptación no son lo mismo.

Quiero ser claro contigo: puedes vivir mejor de lo que estás viviendo hoy. Tal vez no sepas cómo, pero si crees que puedes, encontrarás el camino. Si te lastimaron en el pasado, no cargues con ese dolor. Esas cargas son como un yeso que nunca te quitaste, firmado por quienes presenciaron tu sufrimiento. Nos acostumbramos a cargar el dolor como si fuera parte de nosotros.

Una de las definiciones de sanar es restituir algo a su forma original, o incluso mejorarla. Hoy te animo a que desenredes tus emociones, les des forma, las comprendas y no dejes este proceso para más tarde. Hoy es el momento perfecto para sanar.

Un primer paso para sanar

Sanar puede parecer abrumador, pero todo gran cambio empieza con un pequeño paso. Si no sabes por dónde empezar, intenta esto: escribe lo que sientes. No tiene que ser perfecto ni extenso; solo deja que tus pensamientos fluyan. Puedes hacerlo en un diario, en tu celular o incluso en un papel que luego quieras destruir. Es un acto simbólico y liberador que te ayudará a empezar a procesar tus emociones.

El horizonte tras la sanación

Enfocarte en curar esos “huesos mal soldados” te traerá paz, alivio, confianza y un nuevo horizonte de oportunidades. Recuperarás cosas que creías perdidas, como la confianza en ti mismo o la valentía para volver a intentarlo. Quizás pienses: “¿Y si me vuelven a lastimar?” Pero mírate ahora: te lastimaron, y te recuperaste. Y saliste más fuerte.

No temas a salir lastimado. Personalmente, me da más miedo vivir “cojeando” emocionalmente toda mi vida. Estoy dispuesto a destruir y reconstruir cada parte de mi ser interior si eso significa que podré vivir una vida plena. El dolor es solo una parte del crecimiento; no trates de evitarlo.

Hoy es el día para empezar a sanar.

 

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¿Ves el mundo como es o como eres?

Frank Koch, un oficial naval, relató un incidente mientras servía en un buque de guerra. Estaban navegando en condiciones de poca visibilidad debido a la niebla. Durante la noche, el vigía informó:

“Luz a estribor”.

La tripulación asumió que era otro barco acercándose. El capitán ordenó enviar un mensaje por señales de luz:

“Estamos en curso de colisión. Cambie su rumbo 20 grados”.

La respuesta llegó rápidamente:

“Recomiendo que usted cambie su rumbo 20 grados”.

Molesto, el capitán envió otra señal:

“Soy un capitán. Cambie su rumbo 20 grados”.

A lo que llegó una respuesta simple:

“Soy un marinero de segunda clase. Recomiendo que usted cambie su rumbo 20 grados”.

Ya enojado, el capitán respondió:

“¡Soy un buque de guerra! Cambie su rumbo 20 grados”.

Finalmente, la respuesta llegó con calma:

“Soy un faro. Su decisión”.

¿Cuántas veces fuiste el capitán? Sé honesto…

Tomo este ejemplo para hablar sobre paradigmas: la manera en la que vemos el mundo. Un paradigma, simplificándolo mucho, son los “lentes” con los que interpretamos la vida. Cada uno de estos lentes es único y está compuesto por nuestras experiencias, la formación que recibimos y las enseñanzas de nuestra familia y amigos. Nadie está a salvo de esto.

¿Sabes qué significa? Que el mundo nunca lo vemos como es, sino como somos. Tu mundo está construido por tus creencias, tus percepciones, tu moral, tus principios y valores.

Te comparto esto porque quiero que entiendas que no todo es tan personal. Tu situación no es el fin, ni tampoco todo se debe a “mala suerte”. Hay un dicho que me da risa, pero también me parece muy real: “El que se quema con leche ve la vaca y llora”. Es gracioso por el ejemplo, pero también refleja nuestra tendencia a generalizar todas las experiencias de la vida basándonos en un solo evento.

Te cuento un ejemplo personal: si te digo “Golden retriever”, probablemente se te forma una imagen: un perro peludo, bondadoso y claramente inofensivo. Bueno, a mí me mordió uno una vez. Iba en bicicleta y el perro estaba tranquilo, sentado en la vereda. Pasé despacito y, ¡pimba!, me clavó los dientes. A pesar de que llevaba ropa, me causó bastante daño. Nadie esperaría que un perro tan tranquilo hiciera eso. Sin embargo, esa experiencia no significa que ahora me preocupe cada vez que veo un Golden. Lo que sí muestra es que nuestras vivencias personales nos marcan y nos permiten ver cosas que otros no ven.

Los paradigmas no son algo negativo, pero tampoco algo que podamos ignorar. Muchas veces sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que realmente pasa.

¿Cómo me libero de un pensamiento paradigmático? Haciéndote preguntas, sobre todo las correctas.

TE DOY UN EJEMPLO MÁS, seguro que al ver las mayúsculas pensaste que estaba gritando. Pero eso es solo una creencia. En realidad, ¡así sí estaría gritando! Al menos esa es la manera “correcta”.

Imagina cuántas veces te has sentido ignorado, ofendido o malinterpretado simplemente porque tus gafas de realidad estaban ajustadas a tu modelo de pensamiento y no a la realidad.

La próxima vez que sientas que algo te supera, que una situación parece más grande que tú, detente un momento y pregúntate: ¿Qué estoy viendo realmente?. ¿Es la realidad tal como es, o es mi mente filtrándola a través de mis lentes?

Esos lentes no son malos, no te digo que los tires o que intentes mirar sin ellos, porque son parte de lo que eres. Pero si te aferras demasiado a ellos, corres el riesgo de chocar con faros, con realidades inamovibles que no se adaptarán a tus creencias, por mucho que las grites.

Piensa en esto: la vida no se trata de tener siempre la razón, de imponernos al mundo como lo hizo el capitán en la historia. Se trata de aprender a navegar, de ajustar nuestro rumbo cuando es necesario, incluso cuando eso significa cuestionar nuestras certezas más arraigadas.

Tus paradigmas no son enemigos, pero tampoco son absolutos. Son herramientas, mapas que te ayudan a moverte por el mundo. Sin embargo, cuando el mapa y el terreno no coinciden, ¿te aferrarás al papel o te atreverás a mirar a tu alrededor?

Porque ahí, justo ahí, es donde comienza el cambio: cuando te permites la humildad de mirar con otros ojos, de hacer las preguntas incómodas y de aceptar que, a veces, no es el mundo el que necesita cambiar, sino la forma en que lo ves.

No se trata de negar tus experiencias o tus creencias, sino de darles el lugar correcto en tu historia. Al final, el mundo no es tan personal como parece, pero tu manera de interpretarlo sí lo es. Así que, ajusta tus lentes, porque con ellos eliges cómo quieres vivir esta vida. Y créeme, siempre puedes elegir una visión más clara.
¿Qué pasaría si te atrevieras a cuestionar la historia que te cuentas sobre ti mismo y el mundo?
Gracias por compartir estos minutos conmigo. Nos vemos en otro post. Te mando un abrazo.

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