La adversidad es como un fuerte viento. Si es en nuestra contra, nos hace más fuertes. Si es a favor, nos lleva más lejos. – Séneca.

Cuenta la historia que en el año 1400, un gobernante de Japón tuvo el infortunio de romper una taza a la que tenía mucho aprecio. En un intento por recuperarla, la envió a China, con los artesanos que habían creado la taza. Para su decepción, los artesanos no hicieron un gran trabajo. La taza quedó estéticamente muy fea, ya que habían utilizado grapas de acero para unir las piezas, y al no sellar una pieza con otra, tampoco servía como taza de té.

El gobernante no se rindió ante la situación; él quería recuperar su taza. Entonces, le pidió a unos artesanos japoneses que la repararan de manera que pudiera volverse a utilizar. La tarea no fue sencilla, pero lo lograron. Esta es la historia de cómo nace la técnica “Kintsugi” (金継ぎ), que significa “fijación con oro”. La técnica consiste en unir las piezas con una resina pegajosa y cubrirla con un metal precioso, en su mayoría con oro, pero también se realiza con plata o platino. La técnica no solo deja los objetos utilizables, sino que hace énfasis en no ocultar el daño, sino más bien resaltarlo. Cada objeto tiene su propia historia y es técnicamente imposible que un objeto se rompa de la misma manera que otro, dando lugar a la creación de obras únicas.

Si no me sirve, lo descarto.

Te preguntarás por qué te cuento esto. Bueno, no me interesa mucho hablar sobre técnicas milenarias o antiguos pensamientos; quiero que hablemos del mundo moderno, la era donde todo es descartable. Es muy común que hoy nos hartemos de todo. La instantaneidad y la gran cantidad de opciones han permitido que prolifere la falta de apego hacia prácticamente todo, transformando a cada objeto que nos rodea en algo descartable y reemplazable. Queremos las cosas ya, y cuando nos aburren, vamos por otra y listo. Sucede con la decoración del hogar, la ropa, el entretenimiento, los celulares y, a veces, las personas.

El ritmo al que la vida cambia es muy vertiginoso, y nos hemos acostumbrado a esa vida desenfrenada. Adictos a la productividad, a ver la mayor cantidad de series en el menor tiempo posible (es por eso que Netflix permite ver las series a x1,5 de velocidad, o podemos poner los audios de WhatsApp a x2). He visto gente que propone poner caminadoras en la oficina para poder trabajar y caminar al mismo tiempo para ahorrar tiempo. Es como si todo el tiempo todo se tratara de querer ganarle al tiempo en una lucha que ya está perdida. (Otro día hablaremos de la muerte). No me malentiendas, me encanta la productividad, alcanzar metas y lograr grandes cosas; es prácticamente el motivo principal por el cual escribo, pero realmente creo que necesitamos desacelerar un poco. Hay una belleza oculta en cada cosa que, por la velocidad de nuestro día a día, no podemos ver.

Cuida lo que tienes.

Cuando algo se rompe, a mí me gusta arreglarlo, o por lo menos intentarlo. Disfruto mucho los procesos manuales y creo que podemos alargar la vida de muchas cosas que nos rodean, y eso no es poca cosa. Detrás de reparar algo existe un concepto muy interesante, por eso les conté la historia de la técnica “kintsugi”. Es vital que todos podamos aprender que las cosas se pueden reparar y que de algo reparado podemos hacer algo mucho más hermoso que como era originalmente. No estoy hablando solo de pegar un zapato si se despega la suela; hablo de enfrentar las dificultades de la vida de frente.

Es muy común hoy ver los desafíos y dificultades como una señal de que se acabó. Cuando las cosas se complican, soltamos todo. En mi vida cotidiana, veo muchas personas decir “esto no es para mí” solo porque la cosa se puso un poco difícil. Lamento decirte que no importa cuánto busques o cuántas vueltas le des al asunto, siempre vas a encontrar desafíos.

Un desafío es la oportunidad que estabas esperando.

De igual manera que para los artesanos japoneses, reparar la taza fue un gran desafío, se presentó la gran oportunidad de poner a prueba su talento y crear una nueva técnica que hoy, 600 años más tarde, no solo se sigue utilizando, sino que es recordada como metáfora sobre la resiliencia y la importancia de crear oportunidades donde los demás ven algo roto. Tu desafío es tu oportunidad de sacar lo mejor de vos, de demostrarte a vos mismo que sos capaz de mucho más. Es la oportunidad que necesitabas para estudiar más, trabajar más duro o ser más disciplinado. Un desafío es una oportunidad de ser mejor.

Cómo reaccionar ante un desafío.

A la hora de encontrarte con un desafío, tu primer paso es hacer una evaluación personal. Tienes que hacerte estas preguntas:

  • ¿Hacia dónde voy?
  • ¿Si resuelvo este desafío, estaré más cerca de alcanzar mi objetivo?
  • ¿Puedo beneficiarme yo, o beneficiar a otros con esto?

Supongamos que los artesanos que repararon la taza del shogun hubieran hecho estas preguntas. Imagina conmigo, las respuestas pudieron ser algo así:

  • ¿Hacia dónde vamos? “-Camino al éxito profesional, dando lo mejor en nuestra área de conocimiento.”
  • ¿Si resolvemos este desafío, estaremos más cerca de eso? “-Resolver un encargo para el gobernante de Japón nos va a posicionar entre los mejores de nuestro campo, especialmente si logramos hacerlo de una manera que nadie más pudo.”
  • ¿Podemos beneficiarnos o beneficiar a alguien? “-Claro, a nosotros como expertos artesanos, y al shogun devolviéndole su tan preciada taza.”

Esto se sale del relato y es un invento mío, pero llévalo a tu vida. Si podés responder de esta manera, ya no es un desafío, es una gran oportunidad.

No evites el conflicto, sé su aliado.

Evitar tener situaciones que resolver o escapar cuando la cosa se pone difícil no solo lleva una gran cantidad de energía, sino que nos degrada. Con el tiempo, nos volvemos más inestables, nos aislamos y desconfiamos más de las intenciones de las personas. Vivimos alerta. La verdad, eso no es vida. La mayoría de las personas usan el alerta de conflicto como si fuese a caer una bomba, pero con práctica podemos transformar eso en la alarma de que algo ya se cocinó y llegó la hora de comer. Te lo explico, recordá lo siguiente: tu manera de pensar te trajo hasta donde estás. Llegó la hora de renovar tu entendimiento, conocimiento y pensamientos si quieres salir de ahí. Cuando suena la alarma de los desafíos, llegó la hora de aprender. Es el momento idóneo, ¿sabes por qué? Porque de otra manera no sería un conflicto. Sabrías perfectamente qué hacer, como con otras cosas que ya has pasado en tu vida. Si estás en pareja, tal vez te haya pasado que cuando lo/la conociste te costaba hablar de ciertas cosas o esperabas con nervios ese momento en el que se iban a encontrar. Y hoy eso ya no te sucede, no porque perdiste las sensaciones, sino porque ya tienes las herramientas para no sentirte intimidado por el desafío.

Resumiendo ese párrafo en un consejo: cuando el desafío se presenta, es el momento de dar lo mejor, porque vas a poder explotar todo lo que sabes y también es la oportunidad perfecta para aprender nuevas habilidades.

Llegó la hora de Kintsugi.

Quiero aclararte algo: vos no estás roto o defectuoso. Puede que te sientas así, pero es causa de cómo percibís las cosas, no de la verdad. Dicho esto, te preguntarás, ¿entonces qué es lo que tengo que reparar? Más que reparar, es el momento de embellecer, de abrazar esos errores y reconocer que son parte de un crecimiento.

Cuando terminé la escuela secundaria, comencé a estudiar ingeniería. Por dos años consecutivos, iba día a día a mis clases, estudiaba por la tarde e invertía mucho tiempo en la universidad, pero no me iba bien. Desaprobaba los parciales, no entendía mis clases. Me esforcé bastante, pero no había caso; no me gustaba la carrera. Así que, sin mucha culpa y con la frente alta, me presenté ante mis padres y les dije que no quería estudiar más. Y fue ahí cuando pasó… no pasó nada. Lo tomaron muy bien. Al día siguiente me levanté como cualquier día y mi vida seguía su rumbo.

Te cuento esto porque a veces sentimos que situaciones como estas son un abismo, es el final de todo, pero en realidad la vida continúa. Es por eso que hoy es solo una anécdota en mi vida. Luego estudié otra carrera y hoy trabajo de otra cosa. Podría, al día de hoy, lamentarme y decir, “perdí dos años de mi vida, si hubiera terminado la carrera mi situación sería diferente”, pero yo no lo vivo así. No perdí nada; gané experiencia universitaria y descubrí más sobre mí mismo y mis intereses. Si considerás que tus decisiones fueron errores, no cargues ese peso. Embellécete. Pensá que cada decisión que has tomado es una nueva línea de oro en tu corazón que demuestra no solo que sanaste, sino que te hiciste aún más fuerte.

Tomar tiempo para unir todo en nuestro corazón y disfrutar de las cosas que hemos vivido, sean buenas o no, nos ayuda a desacelerar, a tomar perspectiva y a realmente poder disfrutar cada pequeña cosa que nos rodea.

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